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martes, 22 de julio de 2014

LA OTRA CARA DEL PODER



El miedo

Miedo es la expectativa de un mal futuro; por lo mismo que también admite alguna probabilidad de bien, encierra esperanza. Hay que distinguirlo del temor, un miedo razonado y capaz de prevenir lo temible, así como del terror, un miedo extremo paralizante, y de la desesperación que abandona toda esperanza para aguardar el mal seguro. Pues bien, el miedo no es sino la otra cara del poder. Desear es desear poder y, a la vez, temer ver incumplido ese deseo; el miedo es el deseo de que lo temible no comparezca o de acumular poder para vencerlo..., junto con el temor a no poder. El apetito de poder, materializado por las consignas separatistas en Cataluña y vascongadas, implican una cierta impotencia real, igual que el miedo supone una impotencia pero contiene también alguna esperanza de superarla.
El miedo radical es el miedo a la muerte como tal, del que las otras figuras del miedo resultan sus síntomas o consecuencias. Pero el miedo específicamente político es el temor a la muerte violenta, que adopta, según los tratadistas clásicos, varias formas:
1ª.- El miedo mutuo o natural, que es el miedo de todos a todos. Se trata de una pasión todavía pre-política pero sin ella el hombre carecería de motivo para ingresar en el orden civil. Es el miedo que impregna el estado de naturaleza o de guerra.
2ª.- El temor al estado de guerra, o sea, el miedo mismo al miedo indefinido e insuperable. En tanto que producto último del estadio anterior, conduce a la voluntad de paz mediante la transformación del miedo mutuo en confianza recíproca o pacto social. La condición de posibilidad de este pacto es que haya miedo, pues quien no teme, no pacta; pero no un miedo extremo que desdeñe todo arreglo pacífico, Para que tal pacto sea válido es preciso que exista ese miedo natural, no un miedo sobrevenido o "justificado", es decir el temor fundado a que la otra parte incumpla su parte en el pacto. Podemos decir que en el caso de Cataluña, nos encontramos en una situación en la que una de las partes no cumple lo pactado ni tiene ese miedo natural imprescindible para crear pactos, ni temor a que el poder del Estado cumpla con sus obligaciones. Y así surge entonces:
3ª.- El miedo común o civil, que es el miedo al soberano o al Estado, el miedo de todos a uno. Pues no basta el mero conocimiento de las leyes naturales ni la alianza de muchos, si no se hace temer, para librarnos del miedo. El único remedio contra aquél miedo recíproco inicial es el miedo a un poder también común que entre todos hemos constituido y a un tiempo depositado en el soberano; esto es , el miedo al castigo previsto y efectivo que está contemplado en la Constitución bien por la intervención por parte del Estado de las Instituciones que gobiernan la Autonomía, bien por el uso efectivo de la fuerza contemplado en el artº 8º. De suerte que el poder del Estado llega tanto como su capacidad de infundir ese miedo común capaz de suprimir nuestro miedo mutuo. En cuanto que este ha reaparecido, ha desaparecido el poder soberano o del Estado como en Cataluña.
4ª.- El miedo del Estado mismo, que se manifiesta primero como miedo al poder de otro Estado, y que es señal de permanencia del estado de naturaleza y guerra en el orden internacional. La lógica del pacto social no descansaría hasta asegurar la paz perpetua... Pero también hay un miedo del estado hacia sus ciudadanos, el miedo de uno a todos, porque la multitud resulta temible a los que mandan, y les retiene así de caer en un poder absoluto, que es lo que puede pasar en España en general.
Así, pues, la falta de miedo, justificado por una impotencia acomplejada por parte del gobierno de España, a ser corregido es la razón de ser de esta manifiesta sublevación catalana y vasca.
                                Enrique Area Sacristán
            Teniente Coronel de Infantería. Doctor por la Universidad de Salamanca

Fuente       
elespiadigital  
"Aquel quien pierde sus riquezas pierde mucho; aquel quien pierde a un amigo pierde más; pero el que pierde el valor lo pierde todo.Miguel de Cervantes

lunes, 21 de julio de 2014

TRAGEDIA, ISLA O CONFEDERACIÓN




Portugal y el temblor de Europa

Europa tiembla. Está temblando desde inicios de los noventa, cuando la URSS se desmoronó. Este derrumbe es la gran clave de la historia contemporánea: algo como la caída del imperio romano de Occidente, en 476. Hoy ya lo podemos afirmar porque han pasado un par de décadas y, desde ese desplome soviético, el mundo ha cambiado: es cada vez más otro mundo, muy distinto del que había antes.
Las consecuencias mundiales de la implosión de la URSS son conocidas: el neoliberalismo se ha transformado en un pulpo planetario, que todo lo controla y descontrola; el tercer mundo asciende, transformado en vivero de mano de obra barata, mientras el primer mundo decae; las sociedades se dividen en dos clases extremadas: una nueva aristocracia que flota en los palacios de Versalles de los aeropuertos y una gran masa de siervos de la gleba atados a contratos inciertos de sueldo bajo.
Con sutileza oriental, China inventó un camino del medio confuciano entre comunismo y capitalismo que, por ahora, está funcionando. Estados Unidos, bajo la presidencia de Obama, patina hacia abajo. Ante la nueva realidad mundial, el Vaticano se ha dado la voltereta: cuando la Iglesia, con su prudencia, cambia de rumbo es porque ya el planeta va lanzado en una nueva dirección. Y Europa tiembla.
Vivimos, en primer lugar, un temblor económico. Europa occidental ya no es el escaparate lujoso que el capitalismo exponía ante los países comunistas, para tentarlos con el cuento del bienestar basado en el hada madrina del capital. Poco a poco, en un angustiante goteo, las reglas generales del mundo se cuelan en nuestro continente: existe una esfera social privilegiada, que habla de recuperación económica, mientras una mayoría aprende, dolorosamente, las limitaciones de su nuevo estatus de servidumbre contemporánea.
Existe, además, un temblor político. Los misiles soviéticos apuntados a las capitales de Europa occidental eran una fuente permanente de cordura para los hombres públicos. Todo el proceso de aproximación entre los países de nuestro continente a lo largo de la segunda mitad del siglo XX tuvo, como una de sus bases, la necesidad de sobrevivir ante la inmensa amenaza soviética. Y ahora, aunque sigue habiendo misiles, ya no es lo mismo. Podemos considerar el regreso a los viejos países.
El temblor económico y el político se dan la mano y ahí está un consecuente estremecimiento fronterizo. Ese suave seísmo de las lindes nacionales nos muestra bien tres posibilidades que tienen, que siempre han tenido, las viejas culturas europeas. Primera: ser tragedias, como ocurrió en la antigua Yugoslavia y está ocurriendo, en parte, en Ucrania. Segunda: transformarse en islas, en castillos que, sin dejar de relacionarse con las otras naciones, controlan cuidadosamente sus murallas. Ahí están Noruega y Suiza. Por fin, seguirá habiendo confederaciones: casi siempre las ha habido en Europa.
La reunificación alemana ha contribuido para todo este desequilibrio. Hoy en día, está claro que Francia y el Reino Unido no se sienten cómodos con el actual poder germánico. La nación gala refunfuña: el país de las revoluciones está cogiendo carrerilla para armar un buen motín. Los británicos, aparentemente, quieren volver a lo suyo de ser isla. Por otra parte, el pegamento monetario del euro no acaba de funcionar.
En Portugal, vivimos una hora atípica de nuestra historia. Entre esas tres posibilidades que se ofrecen a una cultura europea -ser tragedia, isla o confederación-, lo nuestro era diseñar un país insular que, a través de su imperio, se transformaba en viable archipiélago. Vivíamos lejos de Europa, sin salirnos de ella. Así fue durante centenares de años. A lo largo de la primera mitad del siglo XIX, invadidos por Napoleón y heridos por una dura guerra civil, supimos lo que era ser tragedia. Pero ahora, curiosamente, nos hemos metido en una confederación: algo que no es normal en nuestra historia.
Nuestra única experiencia confederada ocurrió entre 1580 y 1640, cuando formamos parte de la corona hispánica con un Estatuto de considerable autonomía. Pero terminamos volviendo al cobijo de nuestro archipiélago imperial. Pudimos hacerlo porque teníamos el enorme pulmón brasileño, nuestra gran colonia de entonces, en la retaguardia: las riquezas americanas alimentaron la independencia recuperada. Ahora no tenemos nada de eso: por ello, el país está a la expectativa, incómodo con su actual situación, consciente de que, de momento, no existe otra salida.
El autor de estas líneas es un europeísta. Ve con tristeza las banderas nacionales renaciendo por todas partes. Todos los días los viejos países se afirman, y Europa retrocede. Ya no están ahí los misiles soviéticos para hacernos entrar en razón. En Europa, parece, van a pasar cosas. Después de la cuesta de la austeridad, estamos en la parte de arriba de una montaña rusa. conf Antes de zambullirnos en la turbulencia política que se avecina, conviene que sepamos qué casilla es la nuestra en el tablero europeo. 

Conviene, también, que tengamos claro si queremos ser tragedia, isla o confederación.

Fuente                        Gabriel Magalhães 
caffereggio

domingo, 20 de julio de 2014

€UROESTAFA



EUROESTAFA.Un documental incomodo

¿Cómo explicar que del esplendor de la burbuja inmobiliaria, hayamos pasado a una crisis económica sin precedentes? 

€uroestafa narra un viaje al pasado para entender la involución económica y social del presente. Un viaje que nos ayudará a esclarecer ciertas tramas económicas difusas de nuestra historia, que han sido claves para el devenir de la sociedad Española y Europea. El documental indaga en los orígenes de la crisis, cuestionando el desarrollo de momentos históricos tan importantes como la Unión Económica y Monetaria.

Está dirigido por Guillermo Cruz y se basa en los estudios económicos del Catedrático en economía inmobiliaria Ricard Vergés, cuya experiencia en la estadística y contabilidad nacional, nos ofrece una investigación fiable con más de 20 años de estudio. 

Fuente

sábado, 19 de julio de 2014

LOS DISIDENTES



Liberalismo contra Democracia 

El espíritu del tiempo en el que vivimos –y la retórica de los poderes dominantes– ha impuesto a las mentalidades de gran parte de nuestros contemporáneos la convicción de que la democracia liberal es la forma más avanzada de convivencia colectiva . Y de que constituye un punto de no retorno, una conquista definitiva que no hay derecho a discutir o a negar en su raíz, sino todo lo más en sus concreciones específicas.


Cualquier estudiante de primer o segundo curso de una Facultad de Ciencias Políticas sabe que las leyes electorales son un instrumento esencialmente de manipulación. Es decir, sirven, según qué fórmula tengan en su base, para manipular la relación entre la voluntad de los electores, expresada a través del voto a un candidato y/o a un partido, y el resultado de sus elecciones, o sea la presencia en las instituciones de cargos electos que correspondan a sus opiniones y sus expectativas.
En los sistemas mayoritarios uninominales a una sola vuelta, por ejemplo, en todos los colegios electorales la mayoría de los que acuden a las urnas queda habitualmente sin representación, ya que resulta elegido sólo el candidato que obtiene más votos, sea cual sea el porcentaje que alcance. El preferido por el 30% termina a menudo derrotando al 70% que no lo quería. De modo análogo, aunque con más moderación, funcionan los sistemas uninominales a doble vuelta, que eliminan del partido decisivo a todas las "minorías" (en realidad, no raramente mayoritarias en conjunto) que han apoyado a candidatos que han quedado en el tercer puesto o debajo, y los sistemas proporcionales dotados de umbrales mínimos o de circunscripciones con pocos escaños en disputa (donde, para tener un elegido, hace falta llegar al 25 ó 30%). Sólo los mecanismos proporcionales puros se acercan a la capacidad de fotografiar la realidad de las opiniones y de los deseos del cuerpo electoral, aunque nunca de modo perfecto, porque la atribución de escaños queda de todos modos sujeta a fórmulas matemáticas más o menos complicadas para calcular los votos que sobrepasan el cociente que da derecho a cada escaño (los llamados "restos") .
Hasta aquí, el ensayo podría parecer un ejercicio apresurado de competencias técnicas, un capricho de politólogo que tendría poco o nada que ver con la reflexión metapolítica que vertebra esta revista [Diorama Letterario]. Pero mirando más allá de lo aparente, uno se da cuenta de que las cosas son de un modo bien distinto.
Lo único aceptable hoy, la democracia liberal convencional
El espíritu del tiempo en el que vivimos –y la retórica de todos los que, después de haber contribuido a forjarlo así, no se cansan de nutrirlo y de declinarlo en formas actualizadas constantemente según sus propias intenciones– ha impuesto a las mentalidades de gran parte de nuestros contemporáneos la convicción de que la democracia liberal es la forma más avanzada de convivencia colectiva producida por el progreso de la civilización. Y de que, como punto de llegada de un largo y atormentado camino, constituye un punto de no retorno, una conquista definitiva que no hay derecho a discutir o a negar en su raíz, sino todo lo más en sus concreciones específicas. Tanto que exportarla también a países que todavía no la han adoptado o que no la aplican según las instrucciones recibidas se ha convertido en un deber ético. Que puede implicar también el recurso a instrumentos bélicos o, en el caso más suave, a la instigación —organizada y apoyada con instrumentos económicos y mediáticos— de revuelta de plaza o de palacio.
La imposición de este dogma liberal, de sus premisas ideológicas (obviamente nunca presentadas como tales, sino camufladas de exigencias del sentido común o de elementos de un código moral universal) y de sus consecuencias se basa en la repetición incesante, a través de los canales de comunicación, de algunas fórmulas estandarizadas
Una de ellas es la existencia de un "sentido de la Historia", vehículo del Progreso, al que es inútil oponerse porque "no se puede volver atrás". Otra impone considerar las instituciones y las prácticas liberales como el fruto maduro de esta marcha de lo Bueno y de lo Justo a través del tiempo. Otra más obliga a atribuir al contenedor político de la ideología liberal la etiqueta de democracia, porque la palabra conserva la promesa de hacer del pueblo la piedra angular de la legitimidad de la acción de los gobernantes. Para completar el cuadro interviene la retórica de los deberes, de la libertad de expresión, del control desde abajo, de la transparencia y demás promesas.
El eje de la concepción liberal de la política es el concepto de representación. Desconocida para los fundadores de la democracia, que la concibieron como un lugar de expresión directa de la voluntad de la ciudadanía —o sea, de una colectividad territorializada y filtrada por rigurosos criterios de exclusión de los "extraños", que hoy la harían parecer más bien una aristocracia ampliada—, esta noción, como ha señalado entre otros la estudiosa inglesa Margaret Canovan, ha servido a los liberales, más que para consentir a la masa confiar sus propios deseos a representantes encargados de convertirlos en realidad, para excluir de los niveles de decisión al grueso de los ciudadanos, considerados incompetentes y no de fiar, en beneficio de un grupito restringido de enterados. Éstos —los elegidos— rápidamente han entendido cuántos y cuáles privilegios se derivaban de la posición alcanzada, y han constituido un grupo aparte (la "casta" de la que tanto se habla hoy), cortando, al prohibir el mandato imperativo, el vínculo que les habría obligado a someterse a la dictadura de la opinión pública. No ha hecho falta mucho para que, actuando así, el ejercicio de la acción política se transformase en una (lucrativa) profesión, transmisible por línea familiar, de partido o de clientela, expropiando al pueblo —al mismo tiempo instigado a fragmentarse en una polvareda de átomos independientes por la difusión de la mentalidad individualista, por la disolución de los cuerpos sociales intermedios y por la burla del espíritu comunitario— de sus prerrogativas de legitimación, relegadas al ámbito formal de las proclamaciones constitucionales.
La casta frente al pueblo
Para que este proceso se consolidase y para que la clase política pudiese perfeccionar esos mecanismos de cooptación elitista y de círculos cerrados que le habrían de permitir reproducirse más o menos pacíficamente —y que ya fueron bien estudiados por Pareto, Mosca y Michels— era preciso que se redujese a la mínima expresión la influencia de las presiones desde abajo sobre la esfera gubernativa. Y para ese fin sirvieron dos montajes: el progresivo paso de las fórmulas electorales proporcionales, ligadas a la ampliación gradual del sufragio como resultado de las movilizaciones de las masas obreras, campesinas y de clase media de fines del XIX y principios del XX, a las mayoritarias, y la limitación de los instrumentos de democracia directa, empezando por los referendos, las peticiones y las iniciativas legislativas populares.
Estas consideraciones nos devuelven al punto de partida. Desde hace algunos decenios, en paralelo a la presión sobre la política desde otros campos de ejercicio del poder —en primer lugar la economía, sobre todo la financiera, pero también la magistratura y el poder mediático, además del sucedáneo de autoridad religiosa que representan los clérigos laicos, esos intelectuales "políticamente correctos"—, los regímenes liberales han tendido a vaciar de contenido, paso a paso, todos los atributos genuinos de la democracia. Aunque no se podía renunciar, por razones funcionales evidentes, a hablar en nombre del pueblo (¿cómo se habría podido definir, si no, al detentador del poder legítimo?), se ha difuminado su perfil exaltando las prerrogativas del individuo y liberándolo de las obligaciones derivadas de su pertenencia a toda entidad comunitaria. Se han ridiculizado, cuando no demonizado, las ideologías, que habían servido largo tiempo como vínculo para sólidas (y por tanto peligrosas) identidades colectivas, degradándolas del rango de inspiradoras de proyectos de sociedad y de referentes para la convivencia civil a la mera condición de utopías humeantes y dañinas. Y en la misma línea se ha descalificado a los partidos que habían sido vehículo de esas ideologías, y que habían contribuido a su propio descrédito al transformarse en vehículo de los intereses clientelares y caciquiles de la clase de los que el hombre de la calle llama "los politicastros". Además, se ha hecho todo lo posible para neutralizar la capacidad del voto para condicionar la acción de los electos. El principal instrumento de esta operación ha sido el aumento del potencial manipulador de los sistemas electorales.
Lo vemos claramente en nuestros días. En nombre de una "gobernanza" que, por lo demás, como se ha demostrado muchas veces, ningún mecanismo técnico puede garantizar, porque a menudo los ejecutivos, incluyendo los monocolores, están a menudo más amenazados por las convulsiones internas en los partidos que los componen —reducidos a coaliciones provisionales e inestables de intereses de grupo y de ambiciones personales, que excluyen cualquier verdadera disciplina— que por la actuación de las oposiciones, la representación institucional de grandes bloques de población queda anulada. Allí donde están en vigor los sistemas mayoritarios, hay partidos que pese a disponer de forma estable del 15 al 20% de los votos, quedan excluidos de los Parlamentos y de otros entes electivos, mientras que otros con porcentajes mucho menores del electorado, pero aceptados en coalición por las formaciones mayores sí prosperan (el caso francés, con el Frente Nacional por un lado y el PCF y los Verdes por el otro, es un ejemplo, pero no el único). Las barreras de voto bloquean en otros contextos a los sectores de opinión "no alineados" con las tendencias encarnadas por los partidos dominantes, reforzados por un casi monopolio de los medios de comunicación y por el apoyo de los poderes financieros. El objetivo es siempre y en todo lugar el mismo: imponer y mantener un bipolarismo del pensamiento, que establece los límites del "pensamiento correcto" y distribuye los espacios dentro de la aceptabilidad política según las oscilaciones momentáneas de los humores de la parte privilegiada del electorado (la que, no llegando a menudo ni al 50% de los electores, se reparte la casi totalidad de la representación) entre las versiones "progresista y moderada", "de centroderecha y de centroizquierda" o "socialdemócrata y conservadora" del común credo ideológico. Esta es la (única) alternancia grata a los defensores del pensamiento único liberal, hoy hegemónico.
El horrible proyecto de Ley Frankenstein en discusión en el Parlamento italiano en el momento en que escribimos, una macedonia indigesta de retazos de legislaciones vigentes en varios países con el añadido de inventos caseros aún más penosos, que combina un enorme premio de mayoría, la obligación de crear coaliciones en las que los partidos menores se sometan a los mayores si no quieren verse sin un solo escaño (pero con la promesa segura de verse recompensados a otros niveles con dádivas clientelares por el sacrificio realizado), altas barreras de exclusión, listas bloqueadas de candidatos impuestas por las secretarías de los partidos, e incluso un segundo turno entre las dos coaliciones heterogéneas que se hayan impuesto en el primero, es uno de los ejemplos más eficaces de esta voluntad de anulación de la disidencia y de imposición del duopolio ideológico liberal. La impone la lógica del abuso. O siendo más benévolos, la filosofía de juegos de cartas como la escoba. Por encima de todo está el ansia de poder absoluto, quizá por quinquenios alternativos, de figuras despóticas como Matteo Renzi o Silvio Berlusconi, soberanos de partidos ya sometidos o en vías de sumisión a la lógica de la personalización.
Pero lo que reduce a sus mínimos términos la capacidad de expresión popular y aísla a los disidentes no son sólo estas triquiñuelas, que además si triunfan en Italia se extenderán por Europa. Está también la denigración de la consulta popular directa en referendos. Pensemos por ejemplo en lo sucedido hace poco en Suiza, donde una votación popular ha decidido que se creen cuotas de entrada en el país, que ha llegado a cifras record de inmigración, para los trabajadores extranjeros. Tras ese acto soberano ha venido una reacción indignada y a veces histérica de Gobiernos, medios de comunicación y partidos políticos de todos los países europeos. Por una parte, la posibilidad de expresión democrática se ha convertido en un mal que ha de ser combatido por todos los medios. Se ha llegado a indicar al Gobierno suizo que no tuviese en cuenta la opinión de sus ciudadanos, acompañando la advertencia con la interrupción de negociaciones, ruptura de acuerdos y amenaza de sanciones. Y muchos comentaristas, políticos y periodistas, han aprovechado la ocasión para atacar de frente la institución del referéndum, ya criticado hace tiempo por los mismos que se negaban a utilizarlo cundo se trataba de ratificar o no los tratados adoptados por los Gobiernos de la Unión Europea. Eso sabiendo (también por la sucesión de casos significativos de rechazo de las decisiones de la casta gobernante, en Francia, Holanda, Dinamarca o Irlanda) que si se deja a los pueblos libres de expresarse sobre temas polémicos el riesgo es que su voluntad se separe de las pretensiones de sus presuntos y autodefinidos representantes, los demócratas en una sola dirección, o para decirlo mejor los seguidores de la ideología cosmopolita y globalizadora del liberalismo de matriz mercantil, en guardia contra el peligro del referéndum. Invitando, donde existe la institución, a que se limite su aplicación.
La democracia, en definitiva, puede existir sólo para los bienpensantes ("políticamente correctos"). A quien esté fuera del coro se le impone la pena del silencio

La regla está ya hace tiempo en vigor en los canales decisivos de comunicación, empezando por la televisión, la prensa y la radio, donde las voces disidentes quedan sistemáticamente excluidas de debates y comentarios, según una lógica magníficamente descrita en su momento por Alexander Soljenitsin, para quien en Occidente deja de existir en el ámbito público aquel al que se le corta el micrófono. Ahora se nos propone aplicarla con el mismo rigor a nivel de masas, prohibiendo a los disidentes disponer de cargos electos de su confianza y poder expresarse con un sí o un no sobre las decisiones que les afectan.
El populismo es ahora la resistencia
A este adormecimiento progresivo de la disidencia se opone hoy políticamente un solo sujeto. Multiforme, no siempre coherente, dividido, a menudo bruto y aproximativo en el modo de expresarse, visceral, en muchos casos discutible en las actitudes y en las propuestas. Y sin embargo inevitablemente destinado, al menos de modo provisional, a constituir un elemento de molestia, si no es de contención, para la homogeneización cultural y psicológica querida por los señores del orden bipolar, para los restauradores de categorías políticas (izquierda y derecha) ya incapaces de expresar las verdaderas líneas de conflicto de nuestra época y aún así, justamente por eso, impuestas como instrumentos de entretenimiento de masa para la atención (a menudo pasiva y acrítica) del público dependiente de los medios de comunicación.
Este sujeto, a su manera "resistente", es el populismo. Que, más allá de sus evidentes límites, denuncia incansablemente la mistificación del principio representativo, la expropiación de la voluntad ciudadana por parte de la casta de políticos profesionales, reivindica el derecho de los pueblos a conservar identidades y tradiciones forjadas a través de los siglos, exige un reforzamiento de los instrumentos de democracia directa –del referéndum a internet, no sin algún desliz hacia la utopía de la democracia directa telemática- y los de control desde debajo de los cargos electos, se opone al poder excesivo de las finanzas, reclama mayor equidad social y lamenta tanto los excesos de intrusismo del Estado en la vida de los ciudadanos, empezando por la Hacienda, cuanto la erosión progresiva de la soberanía de las naciones en beneficio de ese Moloch burocrático que tiene su sede en Bruselas.
Quien ha estudiado el fenómeno conoce su heterogeneidad estructural.
 Y también quien lo observa superficialmente no tarda en darse cuenta de sus muchas ambigüedades, a partir de los puntos de discrepancia que aparecen cuando se comparan los programas de los diferentes movimientos o partidos que forman parte de esta familia tan sui generis o cuando se escuchan los discursos, o se observan los estilos, de Beppe Grillo y de Marine Le Pen, de Geert Wijlders y de Matteo Salvini, de Hans-Christian Strache y del sucesor de Pia Kjersgaard al frente del Danske Folkeparti, o de los exponentes de la UKIP británica, de los Sverigedemokraterna, de Jobbik, del Vlaams Belang, de los búlgaros de Ataka, de la lista anti-Euro alemana, de los Verdaderos Finlandeses y de todos los demás. Se necesita poco para darse cuenta de que no es fácil poner juntos a jacobinos y autonomistas, a defensores de la laicidad y a seguidores de tradiciones religiosas, a liberales y a defensores de un "chovinismo del bienestar". Y lo más llamativo es la vinculación de cada una de estas formaciones a su propio pueblo, con una mirada de indiferencia, si no es de desconfianza, hacia la suerte de los demás. Éste es un aspecto de la mentalidad populista que deja un fuerte escepticismo sobre la posibilidad de que un archipiélago tan desunido pueda, mañana, confluir en un frente de resistencia común contra un "sistema" que, por lo demás, todos proclaman que combaten.
Sin embargo, si la oposición al estado de cosas vigente se puede y se debe conducir, en el plano cultural, con mucha mayor coherencia y finura, en el plano político éste es el panorama real: los "feos, sucios y malos populistas" son los únicos dispuestos a representar en escena el papel de disidentes. Frente a ellos, los educados profetas de una reducción de la democracia a vehículo de imposición de una ideología consumista, materialista, cosmopolita, uniformadora.
 Quien sea consciente de lo que está en juego sabrá también (por ahora) de que parte estar.
Fuente                                   Marco Tarchi

viernes, 18 de julio de 2014

EJERCICIOS DE ADMIRACIÓN



Emil Cioran - A modo de confesión

Sólo tengo ganas de escribir cuando me encuentro en un estado explosivo, enfebrecido o crispado, en un estupor metamorfoseado en frenesí, en un clima de ajuste de cuentas en el que las invectivas sustituyen a las bofetadas y a los golpes

De ordinario, la cosa comienza así: un ligero temblor que se hace cada vez más fuerte, como tras un insulto que se ha soportado sin responder. Expresión equivale a réplica tardía o a agresión diferida: yo escribo para no pasar al acto, para evitar una crisis. La expresión es alivio, venganza indirecta del que no puede digerir una afrenta y se rebela con palabras contra sus semejantes y contra sí mismo. La indignación es menos un estado moral que un estado literario, es incluso el resorte de la inspiración. ¿Y la sabiduría? Es precisamente lo contrario. El sabio que hay en nosotros arruina todos nuestros ímpetus, es el saboteador que nos disminuye y paraliza, que acecha al loco que hay en nosotros para calmarle y comprometerle, para deshonrarle. ¿La inspiración? Un desequilibrio repentino, voluptuosidad irresistible de armarse o destruirse. Yo nunca he escrito una sola línea a mi temperatura normal. Y sin embargo, durante largos años, me consideré como el único individuo sin defectos. Ese orgullo me resultó benéfico: me permitió emborronar papel. He dejado prácticamente de escribir en el momento en que, al sosegarse mi delirio, me he convertido en la víctima de una modestia perniciosa, nefasta para esa febrilidad de la que emanan las intuiciones y las verdades. Sólo puedo escribir cuando, habiéndome repentinamente abandonado el sentido del ridículo, me considero el comienzo y el fin de todo.

Escribir es una provocación, una visión afortunadamente falsa de la realidad que nos coloca por encima de lo que existe y de lo que nos parece existir

Rivalizar con Dios, superarlo incluso mediante la sola virtud del lenguaje: ésa es la hazaña del escritor, espécimen ambiguo, desgarrado y engreído que, liberado de su condición natural, se ha abandonado a un vértigo magnífico, desconcertante siempre, a veces odioso. Nada más miserable que la palabra y sin embargo a través de ella uno se eleva a sensaciones de dicha, a una dilatación última en la que uno se halla totalmente solo, sin el menor sentimiento de opresión. ¡Lo supremo alcanzado mediante el vocablo, mediante el símbolo mismo de la fragilidad! Pero lo supremo se puede también alcanzar, curiosamente, a través de la ironía, a condición de que ésta, llegando hasta el extremo de su obra de demolición, dispense escalofríos de un dios autodestructor. Las palabras como agentes de un éxtasis al revés... Todo lo que es verdaderamente intenso participa del paraíso y del infierno, con la diferencia de que el primero sólo podemos entreverlo, mientras que el segundo tenemos la suerte de percibirlo y, más aún, de sentirlo. Existe una ventaja más notable aún, de la que el escritor posee el monopolio, la de poder desembarazarse de sus peligros. Sin la facultad de emborronar páginas, me pregunto qué hubiera sido de mí. Escribir es deshacerse de nuestros remordimientos y de nuestros rencores, es vomitar nuestros secretos. El escritor es un desequilibrado que utiliza esas ficciones que son las palabras para curarse. ¡Cuántos malestares, cuántos arrebatos siniestros no he superado yo gracias a ese remedio insustancial! Escribir es un vicio del que puede uno cansarse. A decir verdad, yo escribo cada vez menos, y acabaré sin duda por dejar de escribir totalmente, pues he dejado de encontrar el menor encanto a ese combate con los demás y conmigo mismo.

Cuando se aborda un tema, sea cual sea, se experimenta un sentimiento de plenitud, acompañado de una pizca de altivez. Fenómeno más extraño aún: esa sensación de superioridad cuando se evoca una figura que se admira. En medio de una frase, ¡con qué facilidad se cree uno el centro del mundo! Escribir y venerar se dan juntos: quiérase o no, hablar de Dios es mirarle desde arriba

La escritura es la revancha de la criatura y su respuesta a una Creación chapucera.

Fuente                               Emil Cioran 

jueves, 17 de julio de 2014

LOS DUEÑOS DEL CIRCO



El Neocapitalismo corporativo 

El sistema capitalista tiene sus orígenes en el desarrollo del mercantilismo y el crecimiento del poder financiero, surgidos en los alrededores del Renacimiento, pero su consolidación y diseminación global se originan en el siglo XIX, cuando la ciencia y la tecnología que venían teniendo un crecimiento exponencial desde el siglo XVII, son aplicadas directamente a la producción. 

El sistema de factorías y la acumulación de capital en manos de los dueños de ellas, la abolición progresiva de la esclavitud sustituyendo la mano de obra esclava por una mano de obra asalariada que constituirá el explotado proletariado, configuró un sistema en el que el capitalista no tuvo que preocuparse por la vivienda y sustento del trabajador, sino que se limitó a acumular la plusvalía que su trabajo produce (Carlos Marx dixit). Este fue el período clásico del capitalismo, lo que hoy conocemos como Capitalismo Industrial. En él, la acumulación de capital se concentraba en una nueva clase social, la alta burguesía, que casualmente era la dueña de las factorías, o manejaba el sistema financiero cada vez más complejo y a través del cual se movilizaba todo el sistema. 

Durante el siglo XX, pero sobre todo después de su primera mitad (al fin de la Segunda Guerra Mundial que provocó no solo un desplazamiento de los centros de poder, sino cambios sustanciales en los modos de producción y la propiedad de los mismos) empezó a consolidarse el sistema que tenemos hoy en pleno siglo XXI, el neocapitalismo corporativo. La propiedad de los medios de producción y el manejo del creciente poder financiero (que genera el dinero por especulación, sin necesitar de la producción, cambiando la ecuación trabajo=dinero por la de dinero=dinero) comienza a salir de las manos de los grandes "capitanes de la industria" o sus familias, para pasar a ser propiedad de corporaciones transnacionales, que cada vez más centralizan la acumulación de capital (y el poder consiguiente). 

Estas corporaciones no solamente van creciendo exponencialmente en tamaño, sino que se van asociando en inmensos conglomerados (megacorporaciones) cuyo número - en la medida que este proceso continúa - tiende a ser cada vez más reducido. Al día de hoy, cálculos de las Naciones Unidas (basados en la propia información suministrada por las propias corporaciones a los medios especializados) estiman que menos de 400 grandes empresas manejan más del 85% del capital total del sistema económico mundial. Si a eso agregamos otras estimaciones que calculan para este momento que el 1% de la población mundial (concentrado en las corporaciones) posee más que el 99% restante, queda claro cómo está distribuido el poder mundial contemporáneo. 

En este sistema del neocapitalismo corporativo, los gobiernos de los estados-nación - quienes suponemos tradicionalmente que controlan el poder social - se han ido convirtiendo paulatinamente en meros ejecutores de los intereses de las grandes corporaciones. 

Ya desde los años 50 el exgeneral y expresidente estadounidense Dwight D. Eisenhower advirtió del inmenso poder de lo que bautizó como "complejo militar - industrial", refiriéndose un grupo de corporaciones que tenían en sus manos sobre todo la fabricación de armas y equipo militar. George W. Bush sacó a la luz ese poder corporativo que siempre ha tratado de mantenerse fuera del conocimiento público, al incorporar directamente a su gobierno a altos ejecutivos de las principales corporaciones. El gobierno de Obama ha mantenido sistemáticamente esa línea, a través de una política exterior de su país totalmente determinada por los intereses de esos grandes complejos corporativos (complejo militar-industrial, petroleras, de servicios y consumo, mediáticas, etc.). Pensemos que puede quedar para otros gobiernos, aún de las otras grandes potencias, si el de la potencia central funciona bajo estas condiciones. España es un ejemplo claro, que muestra sin tapujos como el gobierno del PP depende directamente de las corporaciones españolas, que no solo financian todo el sistema político, sino que tienen al Estado español como su principal representante en el exterior. 

Y lo más grave de todo es que cuando se comienza a profundizar un poco se descubre que estas corporaciones: primero no son especializadas, cada gran conglomerado maneja simultáneamente toda área que produzca dinero (la Casa Disney por ejemplo, no solo es una de las grandes corporaciones mediáticas, sino que está asociada a fábricas de armas, petroleras, etc.) y segundo que, aunque puedan aparentar ser competidoras, están totalmente interrelacionadas institucional y económicamente entre sí, al extremo de formar una extensa red que cubre todo el planeta y que tiene intereses comunes. 

La otra característica importante de este sistema del neocapitalismo corporativo, es su capacidad para convertir en mercancía todo tipo de hecho cultural. Bajo el conocido nombre de neoliberalismo, el auge mundial de la "privatización" intenta convertir por ejemplo, a todo servicio del estado (educación, salud, servicios públicos, etc.) en una mercancía manejable y comercializable por el capital privado (el de las corporaciones).Todo aquello de lo que pueda sacarse un lucro y una renta es campo de uso para el sistema corporativo. 

Al fútbol también le toca 

Una muestra de la omnipresencia de las corporaciones en la vida cotidiana de los 7.000 millones de habitantes del planeta nos la está dando la Copa Mundial de Fútbol que se desarrolla en Brasil. Lo que los medios corporativos presentan al mundo como una fiesta internacional del deporte, constituye sobre todo un multimillonario negocio que tiene como exclusivos beneficiarios a un puñado de grandes corporaciones transnacionales. 

Fuente                               Miguel Guaglianone
sott.net

miércoles, 16 de julio de 2014

LA SEMILLA DEL DIABLO



Monsanto, la semilla del diablo

“La semilla del diablo”, así fue como el popular presentador del canal estadounidense HBO Bill Maher bautizó, en uno de sus programas y en referencia al debate sobre los Organismos Genéticamente Modificados, a la multinacional Monsanto. ¿Por qué? ¿Se trata de una afirmación exagerada? ¿Qué esconde esta gran empresa de la industria de las semillas? El domingo pasado, precisamente, se celebró la jornada global de lucha contra Monsanto. Miles de personas en todo el planeta se manifestaron contra las políticas de la compañía.
Monsanto es una de las empresas más grandes del mundo y la número uno en semillas transgénicas, el 90% de los cultivos modificados genéticamente en el mundo cuentan con sus rasgos biotecnológicosUn poder total y absoluto
Asimismo, Monsanto está a la cabeza de la comercialización de semillas, y controla el 26% del mercado. A más distancia, la sigue DuPont-Pioneer, con un 18%, y Syngenta, con un 9%. Solo estas tres empresas dominan más de la mitad, el 53%, de las semillas que se compran y venden a escala mundial. Las diez grandes, controlan el 75% del mercado, según datos del Grupo ETC. Lo que les da un poder enorme a la hora de imponer qué se cultiva y, en consecuencia, qué se come. Una concentración empresarial que ha ido en aumento en los últimos años y que erosiona la seguridad alimentaria.
La avaricia de estas empresas no tiene límites y su objetivo es acabar con variedades de semillas locales y antiguas, aún hoy con un peso muy significativo especialmente en las comunidades rurales de los países del Sur
Unas semillas autóctonas que representan una competencia para las híbridas y transgénicas de las multinacionales, las cuales privatizan la vida, impiden al campesinado obtener sus propias simientes, los convierten en “esclavos” de las compañías privadas, a parte de su negativo impacto medioambiental, con la contaminación de otros cultivos, y en la salud de las personas. Monsanto no ha escatimado recursos para acabar con las semillas campesinas: demandas legales contra agricultores que intentan conservarlas, patentes monopólicas, desarrollo de tecnología de esterilización genética de simientes, etc. Se trata de controlar la esencia de los alimentos, y aumentar así su cuota de negocio.
La introducción en los países del Sur, en particular en aquellos con vastas comunidades campesinas capaces todavía de proveerse de semillas propias, es una prioridad para estas compañías. De este modo, las multinacionales semilleras han intensificado las adquisiciones y alianzas con empresas del sector principalmente en África e India, han apostado por cultivos destinados a los mercados del Sur Global y han promovido políticas para desalentar la reserva de simientes. Monsanto, como reconoce su principal rival DuPont-Pioneer, es el “guardián único” del mercado de semillas, controlando, por ejemplo, el 98% de la comercialización de soja transgénica tolerante a herbicida y el 79% del maíz, como recoge el informe ¿Quién controla los insumos agrícolas?. Lo que le da suficiente poder como para determinar el precio de las simientes con independencia de sus competidores.
De las simientes a los agrotóxicos
Sin embargo, Monsanto no tiene suficiente con controlar las semillas sino que, para cerrar el círculo, busca dominar también aquello que se aplica a su cultivo: los agrotóxicos. Monsanto es la quinta empresa agroquímica mundial y controla el 7% del mercado de insecticidas, herbicidas, fungidas, etc., por detrás de otras empresas, líderes a la vez en el mercado de las simientes, como Syngenta que domina el 23% del negocio de los agrotóxicos, Bayer el 17%, BASF el 12% y Dow Agrosciences casi el 10%. Cinco empresas controlan así el 69% de los pesticidas químicos de síntesis que se aplican a los cultivos a escala mundial. Los mismos que venden al campesinado las semillas híbridas y transgénicas son los que les suministran los pesticidas a aplicar. Negocio redondo.
El impacto medioambiental y en la salud de las personas es dramático
A pesar de que las empresas del sector señalan el carácter “amigable” de estos productos con la naturaleza, la realidad es justo todo lo contrario. Hoy, tras años de suministro del herbicida de Monsanto Roundup Ready, a base de glifosato, que ya en 1976 fue el herbicida más vendido del mundo, según datos de la misma compañía, y que se aplica a las semillas de Monsanto modificadas genéticamente para tolerar dicho herbicida mientras que éste acaba con la maleza, varias son las hierbas que han desarrollado resistencias. Solo en Estados Unidos, se estima que han aparecido unas 130 malezas resistentes a herbicidas en 4,45 millones de hectáreas de cultivos, según datos del Grupo ETC. Lo que ha llevado a un aumento del uso de agrotóxicos, con aplicaciones más frecuentes y dosis más elevadas, para combatirlas, con la consiguiente contaminación ambiental del entorno.
Las denuncias de campesinos y comunidades afectadas por el uso sistemático de pesticidas químicos de síntesis es una constante
En Francia, el Parkinson es incluso considerado una enfermedad laboral agrícola causada por el uso de agrotóxicos, después que el campesino Paul François ganará la batalla judicial contra Monsanto, en el Tribunal de Gran Instancia de Lyon en 2012, y consiguiera demostrar que su herbicida Lasso era responsable de haberlo intoxicado y dejado inválido. Una sentencia histórica, que permitió sentar jurisprudencia. El caso de las Madres de Ituzaingó, un barrio de las afueras de la ciudad argentina de Córdoba, rodeado de campos de soja, en lucha contra las fumigaciones es otro ejemplo. Tras diez años de denuncia, y después de ver como el número de enfermos de cáncer y niños con malformaciones en el barrio no hacía sino aumentar, de cinco mil habitantes dos cientos tenían cáncer, consiguieron demostrar el vínculo entre dichas enfermedades y los agroquímicos aplicados en las plantaciones sojeras de sus alrededores (endosulfán de DuPont y glifosato de Roundup Ready de Monsanto). La Justicia prohibió, gracias a su movilización, fumigar con agrotóxicos cerca de zonas urbanas. Estos son tan solo dos casos de los muchos que podemos encontrar en todo el planeta.
Ahora, los países del Sur son el nuevo objetivo de las empresas de agroquímicos
Mientras que las ventas globales de pesticidas descendieron en los años 2009 y 2010, su uso en los países de la periferia aumentó. En Bangladesh, por ejemplo, la aplicación de pesticidas creció un 328% en la década del 2000, con el consiguiente impacto en la salud de los campesinos. Entre 2004 y 2009, África y Medio Oriente tuvieron el mayor consumo de pesticidas. Y en América Central y del Sur se espera un aumento del consumo en los próximos años. En China, la producción de agroquímicos alcanzó en 2009 dos millones de toneladas, más del doble que en 2005, según recoge el informe ¿Quién controlará la economía verde?Business as usual.
Una historia de terror
Pero, ¿de dónde surge dicha empresa? Monsanto fue fundada en 1901 por el químico John Francis Queeny, proveniente de la industria farmacéutica. Su historia es la historia de la sacarina y el aspartamo, del PBC, del agente naranja, de los transgénicos. Todos fabricados, a lo largo de los años, por dicha empresa. Una historia de terror.
Monsanto se constituyó como una empresa química y, en sus orígenes, su producto estrella era la sacarina, que distribuía para la industria alimentaria y, en particular, para Coca-Cola, del que fue uno de sus principales proveedores. Con los años, expandió su negocio a la química industrial, convirtiéndose, en la década de los 20, en uno de los mayores fabricantes de ácido sulfúrico. En 1935, absorbió a la empresa que comercializaba policloruro de bifenilo (PCB), utilizado en los transformadores de la industria eléctrica. En los 40, Monsanto centró su producción en los plásticos y las fibras sintéticas, y, en 1944, comenzó a producir químicos agrícolas como el pesticida DDT. En los 60, junto con otras empresas del sector como Dow Chemical, fue contratada por el gobierno de Estados Unidos para producir el herbicida agente naranja, que fue utilizado en la guerra de Vietnam. En este período, se fusionó, también, con la empresa Searla, descubridora del edulcorante no calórico aspartamo. Monsanto fue productora, asimismo, de la hormona sintética de crecimiento bovino somatotropina bovina. En la década de los 80 y 90, Monsanto apostó por la industria agroquímica y transgénica, hasta llegar a convertirse en la número uno indiscutible de las semillas modificadas genéticamente.
Actualmente, muchos de los productos made by Monsanto han sido prohibidos, como los PCB, el agente naranja o el DDT, acusados de provocar graves daños en la salud humana y el medio ambiente. Solo el agente naranja en la guerra de Vietnam fue responsable de decenas de miles de muertos y mutilados, así como de pequeños nacidos con malformaciones. La somatotropina bovina también está vetada en Canadá, la Unión Europea, Japón, Australia y Nueva Zelanda, a pesar de que se permite en los Estados Unidos. Lo mismo ocurre con el cultivo de transgénicos, omnipresente en Norte América, pero prohibido su cultivo en la mayoría de países europeos, a excepción, por ejemplo, del Estado español.
Monsanto, asimismo, se mueve como pez en el agua en las bambalinas del poder
Wikileaks lo dejó claro cuando filtró más de 900 mensajes que mostraban cómo la administración de Estados Unidos había gastado cuantiosos recursos públicos para promocionar a Monsanto y a los transgénicos en muchísimos países, a través de sus embajadas, su Departamento de Agricultura y su agencia de desarrollo USAID. La estrategia consistía y consiste en conferencias “técnicas” desinformando a periodistas, funcionarios y creadores de opinión, presiones bilaterales para adoptar legislaciones favorables y abrir mercado a las empresas del sector, etc. El gobierno español es en Europa el principal aliado de EEUU en dicha materia.
Plantar cara
Ante tanto despropósito, muchos no callan y plantan cara. Miles son las resistencias contra Monsanto en todo el mundo. El 25 de mayo ha sido declarado jornada de acción global contra dicha compañía y centenares de manifestaciones y acciones de protesta se llevan a cabo ese día alrededor del globo. En 2013 se realizó la primera convocatoria, miles de personas salieron a la calle en varias ciudades de 52 países distintos, desde Hungría hasta Chile pasando por Holanda, Estado español, Bélgica, Francia, Sudáfrica, Estados Unidos, entre otros, para mostrar el profundo rechazo a las políticas de la multinacional. El domingo pasado, día 25, la segunda convocatoria, menos concurrida, se llevó a cabo con acciones en 49 países.
América Latina es, en estos momentos, uno de los principales frentes de lucha contra la compañía
En Chile, la movilización logró, en marzo del 2014, la retirada de la conocida como Ley Monsanto que pretendía facilitar la privatización de la semillas locales y dejarlas a manos de la industria. Otra gran victoria fue en Colombia, un año antes, cuando el masivo paro agrario, en agosto del 2013, logró la suspensión de la Resolución 970, que obligaba a los campesinos a usar exclusivamente semillas privadas, compradas a las empresas del agronegocio, y les impedía guardar las suyas propias. En Argentina, los movimientos sociales están, asimismo, en pie contra otra Ley Monsanto, que pretende aprobarse en el país y subordinar la política nacional de semillas a las exigencias de las empresas transnacionales. Más de diez mil argentinos han firmado ya contra dicha ley en el marco de la campaña No a la Privatización de las Semillas.
En Europa, Monsanto quiere ahora aprovechar la grieta que abren las negociaciones del Tratado de Libre Comercio Unión Europea-Estados Unidos (TTIP) para presionar en función de sus intereses particulares y poder legislar por encima de la voluntad de los países miembros, muchos contrarios a la industria transgénica. Las resistencias en Europa contra el TTIP, esperemos, no se hagan esperar.
Monsanto es la semilla del diablo, sin lugar a dudas.
Fuente                                   Esther Vivas