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sábado, 22 de febrero de 2014

SICAV- PARAISO FISCAL



Guillermo Rocafort: "Los muy ricos en España sólo aportan el 1%"
El autor subraya que la gente que más tiene no contribuye a sostener el Estado
Reproducimos a continuación un adelanto exclusivo del libro "SICAV, paraíso fiscal" (Editorial Rambla), del profesor Guillermo Rocafort, que rompe uno de los mayores tabúes: el hecho de que los muy ricos en España sólo contribuyen a sostener el Estado con el 1%, en un auténtico privilegio fiscal, que puso en marcha el partido socialista:
Las sociedades SICAV nacieron en 1983 por una decisión del Ministerio de Economía. El departamento dirigido por entonces por Miguel Boyer buscaba frenar la marcha de grandes fortunas a Luxemburgo, donde tributaban al 1%, cuando en España pagaban mucho más al Fisco. La solución fue que estas sociedades tributaran en el Impuesto de Sociedades el 1%. Este impuesto por lo tanto se simplifica bastante por cuanto además no existirá derecho a deducción sobre la cuota que resulte de aplicar el tipo de gravamen descrito del 1%. Cuando el importe de las retenciones realizadas sobre los ingresos del sujeto pasivo supere la cuantía de la cuota calculada aplicando el tipo de gravamen del 1%, la Administración Tributaria procederá a devolver de oficio el exceso.
Un cuarto de siglo después, hoy, las 3.217 SICAV existentes, canalizan ahorro de los españoles por un volumen de 32.790 millones de euros. Prueba de su importancia es que las SICAV son el primer vehículo de canalización de inversión hacia la bolsa española.
Para tener acceso al régimen fiscal especial, resulta estrictamente necesario que previamente se obtenga la autorización del proyecto de constitución por la CNMV, y, posteriormente, se inscriban en el registro administrativo que lleva este órgano . 
La inscripción en el Registro administrativo de la CNMV lo que concede el derecho a disfrutar del régimen fiscal especial de este tipo de Sociedades. 

Con esta inscripción, además, se producen otros efectos de carácter fiscal:
1) La obligación de pagar la tasa por inscripción en tal registro regulada en la sección 2ª del Real Decreto 1732/1998, de 15 de abril, que tiene como base imponible la cifra del capital social en el momento de la inscripción (0,5% por mil)
2) Igualmente se cobra una tasa por inscripción de cualquier acto en el Registro de la CNMV de aproximadamente 200 euros.
Hay que añadir que hasta que no se alcance la cifra mínima de cien socios no se puede disfrutar de este status fiscal privilegiado de manera definitiva. Este es un campo abonado para la controversia por cuanto, tal y como es público y notorio, en determinados casos que no son pocos, detrás de una SICAV sólo suele haber un solo inversor o como mucho su familia, y el resto de socios no son más que "hombres de paja" para cumplir formalmente con el requisito de cien socios, con lo que el carácter real de Institución de Inversión "Colectiva" decae en estos casos por cuanto que no hay detrás de estas SICAV el interés de una colectividad material, sino los intereses ahorradores aislados de grandes fortunas. 
Recientes resoluciones administrativas del Tribunal Económico Administrativo Central (TEAC), la última de 28 de febrero de 2008, han dado un serio varapalo a los intentos de la Agencia Tributaria por acortar sus privilegios fiscales.
Hasta el año 2001 la CNMV autorizó lo que se llamaban "SICAV blancas" que eran creadas por entidades de crédito y mantenidas en cartera hasta que llegaba el cliente con su dinero y sustituía al banco en el accionariado. Ya no se hace así; pero tampoco parece tener mucha importancia al no aplicarse el régimen de OPAS, cosa inquietante por otro lado pues esa falta de aplicación determina que las SICAV pueden cambiar de accionista de referencia a la semana siguiente a la inscripción.
Fuente                                            Guillermo Rocafort
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viernes, 21 de febrero de 2014

LA EMPRESA PARA QUIEN LA TRABAJA



Juan Domingo Perón y el socialismo nacional

Las realizaciones y conquistas sociales del Peronismo en su primera etapa de gobierno (1946-1955), son tantas y tan importantes que, entre los propios seguidores de dicho Movimiento, es común interpretarlas como el fruto de una Revolución totalmente realizada; una especie de "Edad de Oro" de los trabajadores y del Pueblo argentino que, con algunas variaciones de detalle, puede y debe recuperarse mediante la organización y la lucha.

Paradójicamente esa versión del Peronismo como una Revolución "concluida" que hay que repetir y recuperar, no coincide en lo más mínimo con lo que pensaban aquellos que la llevaron a cabo en el pasado, ni mucho menos y en especial, con los planteamientos del mismo General Juan Domingo Perón. Para todos ellos, la riquísima experiencia política, económica y social del periodo 1943-1955 es apenas el inicio de una transformación revolucionaria mucho más profunda y, por lo que se refiere a lo económico, el verdadero comienzo de un proceso de gradual socialización de los medios de producción.

Que ese objetivo socializante es afirmado explícitamente y desde un principio por importantes sectores del Movimiento Peronista, puede probarse con la simple lectura de los estatutos de la CGT aprobados en su Congreso Extraordinario de abril de 1950. 


En su Preámbulo, después de afirmar que "la Doctrina Peronista, magistralmente expuesta por su creador, el General Juan Perón, define y sintetiza las aspiraciones fundamentales de los trabajadores argentinos y les señala la verdadera doctrina, con raíz y sentido nacional, cuya amplia y leal aplicación ha de forjar una Patria Justa, Libre y Soberana", fundamentan esa definición ideológica en el hecho de que:

"El proceso de realización tiende hacia la gradual socialización de los medios de producción y en cambio impone al proletariado el deber de participar y gravitar desde el terreno sindical para afianzar las conquistas de la Revolución Peronista, para consolidarlas en el presente y ensancharlas en el futuro". [1]

La inequívoca definición del Movimiento Obrero Argentino -calificado habitualmente por el General Perón como la "columna vertebral" del Peronismo- no es, por otra parte, una simple declaración sectorial. 


En ocasión tan importante como el 1º de mayo de 1952, en su alocución a los legisladores argentinos con motivo de la inauguración del 86º periodo ordinario de sesiones del Congreso Nacional, el propio Líder justicialista también afirma tajantemente:

"Así como la clase de los hombres que trabajan va substituyendo a los representantes del individualismo capitalista en el panorama político, también la clase de los hombres que trabajan va substituyendo progresivamente a las empresas individualistas, con las nuevas organizaciones de tipo cooperativo. Ello significa que los trabajadores, por la natural evolución económica de nuestro sistema, van adquiriendo progresivamente la propiedad directa de los bienes capitales de la producción, del comercio y de la industria. Este camino, por el que avanzan ya los trabajadores argentinos, tiene un largo pero fecundo recorrido y posibilitará el acceso del pueblo a la conducción de su propia economía. El viejo ideal del pueblo, en la plena posesión de sus derechos políticos, sociales y económicos, se realizará entonces, y en aquel momento la justicia social alcanzará la cumbre de sus objetivos totales y la doctrina peronista será la más bella y absoluta de las realidades". [2]

Que el Peronismo fundacional aspiraba a la total socialización de "los bienes capitales de la producción, del comercio y de la industria" resulta, pues, irrefutable, más allá del ritmo de esa socialización; ritmo que, como es natural, depende más de la cambiante relación de fuerzas nacional e internacional que de cuestiones ideológicas o esquemas teoricistas de salón.


Tercera Posición

Cuando, a partir de los propios textos peronistas, afirmamos que el Peronismo apunta hacia la socialización de los medios de producción, ¿estamos coincidiendo con la acusación del "nacionalismo" fascistizante y antiperonista según la cual el Justicialismo sería "un movimiento que sale del capitalismo y camina hacia el comunismo"? [3] 


Obviamente no. Los creadores de la Doctrina Peronista siempre recalcaron su carácter de "Tercera Posición"; sus postulados anticapitalistas pero, a la vez, diferentes de los del colectivismo totalitario y burocrático marxista. En el ya citado discurso del 1º de mayo de 1952 es también Perón el que recalca magistralmente ese "tercerismo" económico peronista:

"Para el capitalismo la renta nacional es producto del capital y pertenece ineludiblemente a los capitalistas. El colectivismo cree que la renta nacional es producto del trabajo común y pertenece al Estado, porque el Estado es propietario total y absoluto del capital y del trabajo. La doctrina peronista sostiene que la renta del país es producto del trabajo y pertenece por lo tanto a los trabajadores que la producen." [4]

El Peronismo no confunde, por lo tanto, socialización con estatización. Es anticapitalista pero pretende, a diferencia del marxismo, no la entrega de los medios de producción a un gigantesco Estado-Patrón dictatorial sino directamente a los propios trabajadores. 


Se trata de una concepción con mucha semejanza con lo que posteriormente será conocido como "socialismo autogestionario" [5] aunque también puede considerarse emparentada a las posiciones del anarcosindicalismo y del "sindicalismo revolucionario" europeo anterior a la Segunda Guerra Mundial; algo que han destacado recientes estudios ideológicos imparciales como los de Cristián Buchruker: 

"Más que del socialismo clásico, el peronismo en gestación adoptó ideas fundamentales del anarcosindicalismo hispano-francés, el cual ya tenía una tradición no despreciable en el gremialismo argentino. Se trata aquí de dos exigencias: a) el directo protagonismo político del sindicato (no por mediación del partido) sobre todo a través de la huelga general como instrumento de acción; y b) el objetivo lejano de una administración de los medios de producción por los sindicatos mismos." [6].

Postmarxismo revolucionario

Debe destacarse, por otra parte, que el "tercerismo" peronista no implica necesariamente "equidistancia" con respecto al capitalismo y al comunismo. En ello es igualmente diáfano Perón: 


"Pensamos que tanto el capitalismo como el comunismo son sistemas ya superados por el tiempo. Consideramos al capitalismo como la explotación del hombre por el capital y al comunismo como la explotación del individuo por el Estado. Ambos 'insectifican' a la persona mediante sistemas distintos. Creemos más; pensamos que los abusos del capitalismo son la causa y el comunismo el efecto. Sin capitalismo el comunismo no tendría razón de ser, creemos igualmente que, desaparecida la causa, se entraría en el comienzo de la desaparición del efecto." [7]

Es decir: el objetivo del Peronismo no es otro que hacer desaparecer el capitalismo -la "causa" de todos los problemas económicos, políticos y sociales- lo que, por si mismo, impedirá que surja un "efecto" indeseado: el capitalismo estatal "insectificante" comunista.


Esta distinción es enormemente importante porque hoy, ante el pase de las burocracias ex-comunistas de la URSS y Europa del Este al bando capitalista encabezado por los archibandidos yanquis, no faltan pícaros supuestamente "peronistas" que declaran "superada" la Tercera Posición y "recomiendan" la "aceptación del triunfo capitalista". 

A esos proveedores de coartada de la claudicación y el más infame renunciamiento, les conviene repasar las luminosas enseñanzas de Perón y la compañera Evita: 

"El peronismo no puede confundirse con el capitalismo, con el que no tiene ningún punto de contacto. Eso es lo que vió Perón, desde el primer momento. Toda su lucha se puede reducir a esto: en el campo social, lucha contra la explotación capitalista." [8].

El Peronismo, por lo tanto, se enfrenta implacablemente al capitalismo más allá de si el comunismo existe o no. Su rivalidad con el marxismo es en el terreno de la eficacia revolucionaria: ver quién consigue derribar finalmente al injusto sistema capitalista. 
De ahí las precisas orientaciones del General Perón: 

"Nosotros somos la cabeza del movimiento nacional revolucionario. A ningún partido o movimiento se le debe permitir colocarse en una actitud más 'revolucionaria' que la nuestra. El día que eso ocurriera, habríamos perdido nuestra 'razón de ser' como movimiento, al ser reemplazados en la conducción popular. A los justicialistas que se coloquen en actitudes 'conformistas' o 'conciliadoras' para con el sistema imperante en nuestra patria, hay que expulsarlos del Movimiento sin miramientos. Son enemigos del pueblo y por lo tanto, enemigos nuestros." [9].

La deserción de las cúpulas marxistas -ya sean socialdemócratas o comunistas- del frente revolucionario al que supuestamente pertenecían, resuelve en la práctica el pleito entre Peronismo y marxismo al probar que el único anticapitalismo y antiimperialismo posible en la actualidad es el corporizado en Movimientos Nacional-Populares y Terceristas de Liberación: auténtico Peronismo argentino, bolivarianos de Venezuela, fundamentalismo revolucionario islámico de las naciones y pueblos musulmanes, resistencia armada torrijista panameña, etc. 


Los escasos núcleos que, con mejores deseos que resultados, aún intentan seguir aferrados a la vieja liturgia tradicional comunista, antes o después abandonarán las marchitas y superadas banderas del comunismo para integrarse lisa y llanamente a las pujantes fuerzas del nacionalismo popular revolucionario y de la Tercera Posición.
                                               
                                          Javier Iglesias

El autor de este texto, de origen español, era dirigente del peronismo, lider del Movimiento de los Sin Techo bonaerense cuando, en septiembre de 1996, fue asesinado en la capital argentina en una emboscada tendida por la policía menemista.


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jueves, 20 de febrero de 2014

LA NAO DE CHINA



Los españoles olvidados del galeón de Manila
Dedicamos estas sencillas líneas a los españoles olvidados, ya sean nacidos en la península ibérica o itálica, Nápoles, Sicilia, originarios irlandeses, germanos, o de los Países Bajos Españoles, novohispanos, peruanos, etc., todos ellos españoles como el que más, que hicieron del galeón de Manila la primera gran ruta comercial del mundo. 

No podemos pensar ni un momento en esa ruta, ni en la del Atlántico sin pensar no ya en sus artífices sino en los cientos, miles de hombres que las mantuvieron vivas, que son desconocidos para nosotros y cuya memoria es nuestra responsabilidad mantener viva.
                         José Antonio Crespo-Francés
                         Coronel de Infantería en situación de Reserva
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miércoles, 19 de febrero de 2014

DESTRUIR UCRANIA



Después de Yugoslavia, ¿le ha llegado el turno a Ucrania?
En Europa Occidental, la opinión pública observa erróneamente la crisis ucraniana como una simple rivalidad entre occidentales y rusos
Pero lo que le interesa a Washington no es que Ucrania se incorpore a la Unión Europea sino privar a Rusia de uno de sus socios históricos. Y para lograr su objetivo, Estados Unidos está dispuesto a provocar una nueva guerra civil en Europa.
Después de desmembrar Yugoslavia con una guerra civil de 10 años (de 1990 a 1999), ¿ha decidido Estados Unidos destruir Ucrania de la misma manera? Eso hacen pensar las maniobras que está preparando la oposición para su realización durante los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi.
Ucrania ha estado dividida históricamente entre el oeste, con una población favorable a la Unión Europea, y el este, cuya población es favorable al acercamiento con Rusia. A esos dos grupos se agrega una pequeña minoría musulmana en Crimea
Después de la independencia, el Estado ucraniano fue debilitándose. Aprovechando la confusión, Estados Unidos organizó en 2004 la llamada «revolución naranja» [1], que puso en el poder un clan mafioso proatlantista. Cuando Moscú respondió anulando sus subvenciones al precio de gas, los occidentales dieron la espalda al gobierno naranja a la hora de pagar sus compras de gas a precio de mercado. El gobierno naranja perdió la elección presidencial de 2010 y la presidencia pasó a manos de Viktor Yanukovich, político corrupto y a veces pro-ruso.
El 21 de noviembre de 2013, el gobierno ucraniano renuncia al acuerdo de asociación negociado con la Unión Europea. La oposición responde a esa decisión con una serie de manifestaciones en Kiev y en la parte occidental del país, manifestaciones que rápidamente toman un cariz insurreccional. La oposición exige elecciones legislativas y presidenciales anticipadas, pero se niega a formar un gobierno cuando el presidente Yanukovich le propone hacerlo, luego de la renuncia del primer ministro. Ya para entonces, Radio Free Europe –radio del Departamento de Estado estadounidense– había bautizado las manifestaciones como Euromaidan y, posteriormente, como Eurorrevolución.
Por otro lado, el servicio de seguridad de la oposición lo garantiza Azatlyk, un grupo de jóvenes tártaros de Crimea que regresó para eso de la yihad en Siria, en la que participaron con el respaldo del senador estadounidense John McCain [2].
La prensa atlantista también respalda a la «oposición democrática» ucraniana y denuncia la influencia rusa. Altas personalidades de los países miembros de la alianza atlántica incluso se han tomado el trabajo de presentarse personalmente ante los manifestantes, como la secretaria de Estado adjunta y ex embajadora de Estados Unidos ante la OTAN Victoria Nuland y el ya mencionado senador estadounidense John McCain, también presidente de la rama republicana de la NED. La prensa rusa denuncia, por el contrario, que los manifestantes pretenden derrocar desde la calle las instituciones ucranianas democráticamente electas.
Al principio, el movimiento parece ser un intento de reeditar la «revolución naranja». Pero el 1º de enero de 2014, el control de la revuelta cambia de manos. El partido nazi Svoboda [Libertad] organiza una marcha con antorchas que reúne 15 000 personas, en memoria de Stepan Bandera (1909-1959), el líder nacionalista que luchó contra los soviéticos aliándose con los nazis. A partir de ese momento, las paredes de la capital ucraniana se cubren de consignas antisemitas y se registran ataques callejeros contra personas de origen judío.
La oposición proeuropea se compone de 3 partidos políticos:
- La Unión Panucraniana «Patria» (Bakitchina), de la oligarca y ex primera ministro Yulia Timochenko (quien actualmente se halla en la cárcel cumpliendo varias condenas por malversación de fondos públicos), partido encabezado ahora por el abogado y ex presidente del parlamento Arseni Yatseniuk.
Defiende la propiedad privada y el modelo liberal vigente en Occidente. Obtuvo un 25,57% de los sufragios en las elecciones legislativas de 2012.
- La Alianza Democrática Ucraniana por la Reforma (UDAR) del ex campeón de boxeo Vitali Klichko.
Dice ser demócrata-cristiana y obtuvo un 13,98% de los votos en las elecciones de 2012.
- La Unión Panucraniana Libertad (Svoboda), del cirujano Oleg Tiagnibok.
Esta formación proviene del Partido Nacional-Socialista de Ucrania. Se pronuncia por retirar la nacionalidad ucraniana a los judíos. Obtuvo un 10,45% de los votos en las elecciones legislativas de 2012.
Estos partidos, representados en el parlamento ucraniano, cuentan con el respaldo de:
- El Congreso de los Nacionalistas Ucranianos, grupúsculo nazi nacido de las antiguas redes stay-behind de la OTAN en el antiguo Bloque del Este [3].
Es sionista y se pronuncia por la anulación de la nacionalidad de los judíos ucranianos y su expulsión hacia Israel. Obtuvo un 0,08% de los votos en las legislativas de 2012.
- La Autodefensa Ucraniana, grupúsculo nacionalista que ha enviado sus miembros a luchar contra los rusos en Chechenia. También los envió a Osetia durante el conflicto georgiano.
La oposición ha recibido también el apoyo de la iglesia ortodoxa ucraniana, en rebelión contra el Patriarcado de Moscú.
Desde que el partido nazi salió a la calle, los manifestantes –a menudo protegidos con cascos y uniformes paramilitares– levantan barricadas y asaltan los edificios oficiales. Algunos elementos de las fuerzas policiales también han procedido brutalmente, llegando incluso a torturar detenidos. Se afirma que han muerto varios manifestantes y que se cuentan cerca de 2 000 heridos. Los desórdenes siguen propagándose en las provincias de la parte occidental del país.
Según nuestras propias informaciones, la oposición ucraniana está tratando de introducir material de guerra comprado en mercados paralelos. Por supuesto, la compra y traslado de armas en Europa Occidental es imposible… a no ser que se haga con el consentimiento de la OTAN.
La estrategia de Washington en Ucrania parece ser una mezcla de las recetas que ya han funcionado anteriormente, durante las «revoluciones de colores», con las fórmulas recientemente aplicadas en las «primaveras árabes» [4]. Estados Unidos ni siquiera trata de ocultarlo, al extremo de haber enviado a Ucrania una alta funcionaria, Victoria Nuland –adjunta de John Kerry en el Departamento de Estado– y el senador John McCain –quien es también presidente del IRI, la rama republicana de la NED [5]–, para expresar su apoyo a los manifestantes.
Al contrario de los casos de Libia y Siria, Washington no tiene en Ucrania yihadistas que se encarguen de sembrar el caos –aparte de los extremistas tártaros, pero estos están en Crimea. Así que decidió utilizar a los nazis, con los que el Departamento de Estado ya había trabajado anteriormente en contra de los soviéticos y a los que organizó en partidos políticos después de la independencia.
El lector neófito puede encontrar chocante esta alianza entre la administración Obama y los nazis. Pero hay que recordar que el presidente estadounidense Ronald Reagan rindió públicamente homenaje a varios nazis ucranianos, entre los que se encontraba Yaroslav Stetsko, primer ministro ucraniano bajo el III Reich y posteriormente convertido en jefe del Bloque de Naciones Antibolcheviques y miembro destacado de la Liga Anticomunista Mundial [6]. Uno de sus lugartenientes, Lev Dobriansky, fue embajador de Estados Unidos en Bahamas. Y la hija del propio Dobriansky, Paula Dobriansky, fue subsecretaria de Estado para la democracia (sic) en la administración de George W. Bush. Fue precisamente la señora Dobriansky quien financió durante 10 años una serie de estudios históricos destinados a hacer olvidar que el Holodomor, la gran hambruna que asoló Ucrania en 1932-1933, también devastó Rusia y Kazajstán y hacer creer que fue una decisión deliberada de Stalin tomada para acabar con el pueblo ucraniano [7].
La realidad es que Washington, que respaldó el partido nazi alemán hasta 1939 y siguió haciendo negocios con la Alemania nazi hasta finales de 1941, nunca tuvo se planteó problemas morales hacia el nazismo, como tampoco se los plantea en este momento cuando respalda militarmente el yihadismo en Siria.
Las élites de Europa Occidental, que tanto utilizan el nazismo como pretexto para perseguir a los aguafiestas –como puede comprobarse en Francia con la polémica sobre la «quenelle» de Dieudonné M’Bala M’Bala [8]– han olvidado el verdadero significado de la palabra «nazi». En 2005, cuando la entonces presidenta de Letonia, Vaira Vike-Freiberga, rehabilitó el nazismo, prefirieron mirar para otro lado como si fuera algo sin importancia [9]. Ahora, apoyándose en meras declaraciones a favor de la Unión Europea, su candoroso atlantismo los lleva a respaldar al peor enemigo de los europeos. La guerra civil podría comenzar en Ucrania, durante los Juegos Olímpicos de Sochi.
Fuente                           Thierry Meyssan
redvoltaire

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martes, 18 de febrero de 2014

LINGUA FRANCA



La geopolítica de la lengua

“En estas condiciones, sólo pueden existir lenguas vencedoras y lenguas vencidas” (J.V.Stalin,al camarada Kholopov 28 julio 1950)

Lengua e Imperio
Si el término geolingüística no fuese ya utilizado por los lingüistas para expresar la geografía lingüística o lingüística espacial, a saber, el estudio de la difusión geográfica de los fenómenos lingüísticos, se la podría emplear para indicar la geopolítica de la lengua, es decir, el rol del factor lingüístico en relación entre el espacio físico y el espacio político.  

Para sugerir esta posibilidad no está solamente la existencia de análogos compuestos nominales, como la geohistoria, la geofilosofía, la geoeconomía, sino también la relación de la geopolítica de la lengua con una disciplina designada por uno de tales términos: la geoestrategia.“Siempre fue la lengua compañera del imperio“: el nexo entre hegemonía lingüística y hegemonía político-militar, así naturalmente representado por el gramático y lexicógrafo Elio Antonio de Nebrija (1441-1522), respalda la definición que el Mariscal de Francia Louis Lyautey (1854 – 1934) dio de la lengua: “un dialecto que tiene un ejército y una marina de guerra”.  

En el mismo orden de ideas se inspira el general Jordis von Lohausen (1907-2002), cuando afirma que “la política lingüística se la considera en el mismo plano de la política militar” y dice que “los libros en el idioma original desempeñan en el extranjero un papel a veces más importante que el de los cañones”[1].De acuerdo con el geopolítico austríaco, de hecho, “la difusión de una lengua es más importante que cualquier otro tipo de expansión, ya que la espada sólo puede delimitar el territorio y la economía aprovecharlo, pero la lengua conserva y llena el territorio conquistado”[2].  Es esto, por otra parte, el significado de la famosa frase de Anton Zischka (1904-1997): “Preferimos a los profesores de lenguas que a los militares”.

La afirmación del general von Lohausen puede ilustrarse con una amplia gama de ejemplos históricos, empezando por el caso del Imperio Romano, que entre sus factores de potencia estuvo la difusión del latín: un dialecto campesino que con el desarrollo político de Roma se convirtió, en competencia con el griego, en la segunda lengua del mundo antiguo; utilizado por los pueblos del Imperio, no por imposición, sino inducidos por el prestigio de Roma.  

Desde el principio el latín sirvió a las poblaciones sometidas para comunicarse con los soldados, los funcionarios oficiales y los colonos;  enseguida se convirtió en el sello distintivo de la comunidad romana.Sin embargo, en el espacio imperial romano, que por medio milenio constituyó una sola patria para diversas gentes (diversos pueblos, tribus) localizadas entre el Atlántico y Mesopotamia, y también entre Gran Bretaña y Libia, no correspondió a una lengua única; el proceso de romanización fue más lento y difícil cuando los Romanos entraban en contacto con territorios en los que se hablaba la lengua griega, expresión y vehículo de una cultura que gozaba, en los ambientes de la misma élite romana, de un enorme prestigio.  El romano fue en sustancia un imperio bilingüe: el latín y griego, en cuanto lenguas de la política, del derecho y del ejército, además de las letras, la filosofía y de las religiones, desarrollaron una función supranacional, a la cual los idiomas locales de la ecúmene imperial no tenían la capacidad para desempeñarla.

Seguramente es casi imposible separar claramente la línea de frontera del dominio del latín y el griego al interior del Imperio Romano, sin embargo, podemos afirmar que la división del Imperio en dos partes y la sucesiva escisión se produjo a lo largo de una línea de demarcación coincidente grosso modo con la frontera lingüística, que redujo a la mitad tanto a los territorios de Europa como a los del norte de África.  En Libia, de igual manera, a lo largo de esta línea es donde se ha producido recientemente la fractura que ha separado de nuevo a Tripolitania de la Cirenaica.

Siguiendo el mapa lingüístico de Europa, se presenta una situación que Dante describe identificando tres áreas distintas: la del mundo germánico, en la que congrega también a eslavos y húngaros; la de lengua griega y aquella de los idiomas neolatinos[3]; al interno de esta última, él puede distinguir posteriormente tres unidades particulares: el provenzal (lengua de oc), el francés (lengua de oil) y el italiano (lengua del sí).  

Pero Dante está lejos de utilizar el argumento de la fragmentación lingüística para sostener la fragmentación política, de hecho, él está convencido que sólo la restauración de la unidad imperial podría realizarse si Italia, “el bello país donde el sí suena”[4] volverá a ser “El jardín del Imperio”[5].  Y el Imperio tiene su propia lengua, el latín, porque, como dice el mismo Dante, “la lengua latina es perpetua e incorruptible, y la lengua vulgar es inestable y corruptible.”[6]

En una Europa fragmentada lingüísticamente, que el Sacro Imperio Romano quería reconstituir en unidad política, una poderosa función unitaria es desarrollada también por el latín: no por el sermo vulgaris (latín vulgar), sino por la lengua de cultura de la res publica clericorum (república de los doctos).Este “latín escolástico”, si queremos indicar su dimensión geopolítica, “fue el portador para toda Europa, e incluso fuera, de la civilización latina y cristiana: confirmándola, como en España, en África ( … ), en la Galia; o incorporando a esa nueva zona o apenas tocada por la civilización romana: Alemania, Inglaterra, Irlanda, por no hablar también de los países nórdicos y eslavos “[7].

Las grandes áreas lingüísticas
Entre todas las lenguas neolatinas, la que mayor expansión alcanzó fue la lengua castellana.  A raíz de la bula de Alejandro VI, que en 1493 dividió el Nuevo Mundo entre españoles y portugueses, el castellano se impuso en las colonias pertenecientes a España, desde México hasta Tierra del Fuego; pero incluso, después de la emancipación de los estados particulares salidos de las ruinas Imperio de la América, éstos mantuvieron el castellano como lengua nacional, razón por la cual la América Latina posee una unidad cultural relativa y el dominio de la lengua española también se extiende sobre una parte del territorio de los EE.UU.

Por lo que corresponde al dominio de la otra lengua ibérica, para presenciar la extensión del área colonial que en otros tiempos perteneció al Portugal, bastará el hecho que la lengua de Camões es “la lengua romance que dio origen al mayor número de variedades criollas, ya que algunas están extinguidas o en peligro de extinción”[8]: desde Goa a Ceilán, desde Macao a Java, desde Malaca a Cabo Verde y  Guinea.  Entre los Estados que han aceptado la herencia de habla portuguesa, se impone hoy en día el país emergente, representado por el acrónimo BRICS: Brasil, con sus doscientos millones de habitantes, frente a los diez millones y medio de habitantes que viven en la antigua madrepatria europea.

La expansión extraeuropea del francés como lengua nacional, al contrario, fue inferior respecto al que se le tenía como lengua de la cultura y comunicación.  De hecho, si el francés es la quinta lengua más hablada en el mundo por número de hablantes (unos doscientos cincuenta millones) y es la segunda más estudiada como lengua extranjera, se encuentra a su vez en el noveno puesto por número de hablantes nativos (aproximadamente setenta millones; alrededor de ciento treinta si también se añaden los individuos bilingües).  

En todo caso, es el único idioma que se encuentra difundido, como lengua oficial, en todos los continentes: es lengua de intercambio en África, el continente que incluye el mayor número de entidades estatales (más de veinte) en los cuales el francés es la lengua oficial; es la tercera lengua en América del Norte; es utilizada también en el Océano Índico y en el Pacífico Sur.  Estados y gobiernos que por diversas razones tienen en común el uso del francés, se agrupan en la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), fundada 20 de marzo de 1970 en la Convención de Niamey.

Eminentemente eurasiática es el área de expansión de la lengua rusa, lengua común y oficial de un Estado multinacional que, incluso en la sucesión de las fases históricas y políticas que han cambiado la dimensión territorial, sigue siendo la más extensa sobre la faz de la tierra.  Si en el período soviético el ruso podría ser glorificado como “el instrumento de la civilización más avanzada, de la civilización socialista, de la ciencia progresista, la lengua de la paz y el progreso (…) lengua grande, rica y poderosa (…) instrumento de la civilización más avanzada del mundo”[9] y, como tal, de enseñanza obligatoria en los países de Europa del Este, después de 1991 goza de un estatus diferente en cada uno de los Estados sucesores de la Unión Soviética.  En la Federación Rusa, la Constitución de 1992 consagra el derecho de todo ciudadano a la propia pertenencia nacional y al uso de la lengua correspondiente y, además, garantiza a cada República la facultad de valerse, junto a la lengua oficial rusa, de las lenguas de las nacionalidades que la constituyen.

Si el ruso está en el primer puesto por la extensión del territorio del Estado del que es el idioma oficial, el chino tiene la preeminencia por el número de hablantes. Actualmente utilizado aproximadamente por un millón trescientos mil personas, el chino desde la antigüedad se presenta como un conjunto de variaciones que hacen que sea muy difícil aplicarle el término dialecto; se destaca entre todos el mandarín, un grupo grande y diverso que a su vez se distingue en mandarín del Norte, del Oeste y del Sur.  El mandarín del Norte, que tiene su centro en Beijing, ha sido tomado como modelo para la lengua oficial (pǔtōnghuà, literalmente “lengua común”), hablada como lengua madre por más de ochocientos millones de personas.  Oficialmente, la población de la República Popular de China, que en su Constitución se define como “Estado plurinacional unitario”, se compone de cincuenta y seis nacionalidades (minzu), cada una de las cuales utiliza su propia lengua, y entre éstas, la más numerosa es la Han (92% de la población ), mientras las otras cincuenta y cinco, que constituyen el 8% restante, “hablan al menos sesenta y cuatro idiomas, de las cuales veintiséis tienen una forma escrita y se imparten en las escuelas primarias”.[10]

El hindi y el urdu, que pueden ser consideradas como continuaciones del sánscrito, son las lenguas predominantes en el subcontinente indio, donde diez estados de la Unión de la India conforman el llamado “Cinturón Hindi” y donde el urdu es el idioma oficial de Pakistán.  La diferencia más obvia entre estas dos lenguas consiste en que la primera se sirve de la escritura devanagari, mientras la segunda hace uso del árabe; sobre el plano lexical, el hindi ha recuperado una cierta cantidad de elementos sánscritos, mientras el urdu ha incorporado muchos términos persas.  En cuanto al hindi, se podría decir que ha jugado en el subcontinente indio una función similar a la del mandarín en China, puesto que, formado sobre la base de un dialecto hablado en las cercanías de Delhi (el khari boli), junto con el inglés, se ha convertido, entre las veintidós lenguas mencionadas en la Constitución de la India, en el idioma oficial de la Unión.

El árabe, vehículo de la revelación coránica, con la expansión del Islam se ha difundido mucho más allá de sus límites originales: desde Arabia hasta el norte de África, desde Mesopotamia hasta España.  Se caracteriza por una notable riqueza de formas gramaticales y de una finura de relaciones sintácticas, con tendencia a enriquecer su léxico aprovechando de vocablos de dialectos y lenguas extranjeras, el árabe prestó su sistema alfabético para lenguas pertenecientes a otras familias, como el persa, el turco, el urdu; codificado por gramáticos, se convirtió en la  lengua docta del dâr al-islâm, la cual reemplazó al siríaco, al copto, a los dialectos bereberes; enriqueció con numerosos préstamos al persa, al turco, a las lenguas hindúes, al malayo, a las lenguas Ibéricas; como instrumento de filosofía y ciencia, influenció las lenguas europeas cuando los califatos de Bagdad y Córdoba constituían los principales centros de cultura a los que podía recurrir la Europa cristiana.  Hoy en día, el árabe es de alguna manera conocido, estudiado y utilizado, en cuanto lengua sacra y de práctica ritual, en el ámbito de una comunidad que sobrepasa el millón de almas.  

Como lengua materna, pertenecen a ésta aproximadamente doscientos cincuenta millones de personas, distribuidas sobre un área políticamente fraccionada desde Marruecos y Mauritania y se extiende hasta el Sudán y la Península Arábiga.  A tal denominador lingüístico se refieren los proyectos de unidad de la nación árabe formulados en el siglo pasado: “Árabe es aquel cuya lengua materna es el árabe”[11] se lee, por ejemplo, en el Estatuto del Baath.

La lengua del imperialismo estadounidense
A lo largo de la primera mitad del siglo XX, la lengua extranjera más conocida en la Europa continental fue el francés.  Por lo que respecta en particular a Italia, “solo en el año 1918 se establecieron cátedras universitarias de inglés y en la misma fecha se remonta la fundación del Instituto Británico de Florencia, que, con su biblioteca y sus cursos de idiomas, pronto se convirtió en el centro más importante de difusión del idioma inglés a nivel universitario”[12].  En la Conferencia de Paz del año siguiente, los Estados Unidos, que para entonces ya se habían introducido en el espacio europeo, impusieron por primera vez el inglés – junto con el francés – cual lengua diplomática.  

Pero para determinar la decisiva superación del idioma francés por parte del inglés, fue el éxito en la Segunda Guerra Mundial que dio lugar a la penetración de la “cultura” anglo-estadounidense en toda Europa Occidental.  

De la importancia asumida por el factor lingüístico en una estrategia de dominación política, por otra parte, no era desconocida por el mismo Sir Winston Churchill, quién declaró explícitamente el 6 de septiembre de 1943: “El poder dominar la lengua de un pueblo brinda ganancias que superan con creces el despojo a provincias y territorios o saquearlas con la explotación.  Los imperios del futuro son aquellos de la mente”.   Con la caída de la Unión Soviética, en la Europa Central y Oriental “liberadas”, el inglés no sólo ha socavado al ruso, sino también ha suplantado en gran parte al alemán, al francés y al italiano, que antes tenían  una amplia circulación.  Por otro lado, la hegemonía del inglés en las comunicaciones internacionales se consolidó en la fase más intensa de la globalización.

De esta manera, los teóricos anglo-americanos del mundo globalizado han podido elaborar, basándose sobre el peso geopolítico ejercido por el idioma inglés, el concepto de “Anglósfera”, definida por el periodista Andrew Sullivan como “la idea de un grupo de países en expansión que comparten principios fundamentales: el individualismo, la supremacía de la ley, el respeto de los contratos y acuerdos, y el reconocimiento de la libertad como valor político y cultural primordial”[13].  

Parece que quién introdujo el término “Anglósfera” en el año 2000 fue un escritor estadounidense, James C. Bennett; en su opinión “los países de habla inglesa guiarán el mundo en el siglo XXI” (Why the English-Speaking Nations Will Lead the Way in the Twenty-First Century es el subtítulo de su libro The Anglosphere Challenge), ya que el actual sistema de Estados está condenado a derrumbarse por los golpes del ciberespacio anglófono y de la ideología liberal.  El historiador Andrew Roberts, continuador de la obra de historiografía de Churchill con A History of the English Speaking Peoples since 1900, sostiene que el predominio de la Anglosfera se debe a la lucha de los países anglófonos contra las epifanías del fascismo (es decir, – sic – “la Alemania Guillermina, el nazismo, el comunismo y el Islamismo”), en defensa de las instituciones representativas y el libre mercado.

Menos ideológica la tesis del historiador John Laughland, según la cual “la importancia geopolítica del idioma inglés ( … ) sólo es relevante en función de la potencia geopolítica de los países anglófonos.  Podría ser una herramienta por éstos usado para reforzar su influencia, pero no es una fuente independiente de esta última, al menos no de la potencia militar”[14].  La lengua, concluye Laughland, puede reflejar la potencia política, pero no la puede crear.

En este caso, la verdad está en el medio.  Es cierto que la importancia de una lengua depende – a menudo, pero no siempre – de la potencia política, militar y económica del país que la habla; es cierto que las derrotas geopolíticas conducen a las lingüísticas, es cierto que “el inglés avanza en detrimento del francés, ya que los Estados Unidos en la actualidad es más poderoso que los países europeos, quienes aceptan que sea consagrada como lengua internacional una lengua que no pertenece a ningún país de la Europa continental”[15].  

Sin embargo, todavía existe una verdad complementaria: la difusión internacional de una lengua contribuye a aumentar el prestigio del país en cuestión, aumenta la influencia cultural y, eventualmente la política (un concepto, éste, que pocos son capaces de expresar sin recurrir al anglicismo soft power); con mayor razón, el predominio de una lengua en la comunicación internacional da un poder hegemónico al más potente entre los países que la hablan como lengua materna .

Con respecto a la difusión actual del inglés, “lengua de la red, de la diplomacia, de la guerra, de las transacciones financieras y la innovación tecnológica, no hay duda: esta situación proporciona a los pueblos de habla inglesa una ventaja incomparable y a todos los demás una desventaja considerable.”[16].  

Cómo explica menos diplomáticamente el general von Lohausen, la ventaja que los Estados Unidos han conseguido de la anglofonía “ha sido igual para sus comerciantes y para sus técnicos, sus científicos y sus escritores, sus políticos y sus diplomáticos.  Mientras el inglés sea más hablado en el mundo, los Estados Unidos más podrán aventajarse de la fuerza creadora extranjera, atrayendo para sí, sin encontrar obstáculos, ideas, escritos, invenciones de los demás. "Aquellos cuya lengua materna es universal, poseen una superioridad evidente. El préstamo concedido a la expansión de esta lengua retorna centuplicado a su fuente”[17].

¿Cuál lengua para Europa?

En los siglos XVI y XVII, después del Tratado de Paz de Cateau-Cambrésis (1559) que había sancionado la dominación española en Italia, la lengua castellana, además de ser utilizada por las Cancillerías de Milán y Nápoles, se difunde en el mundo de la política y las letras.  El número de voces italianas (y dialectales) nacidas en ese período por efecto del influjo del español, es elevadísimo[18].  Entre todos estos hispanismos, sin embargo, algunos fueron utilizados sólo ocasionalmente y no pueden ser considerados como de uso general; al contrario, tuvieron una vida efímera y desaparecieron sin dejar rastro; sólo una minoría se convirtió en una parte permanente del vocabulario italiano.  Después de la Paz de Utrecht (1713), que marcó el fin de la hegemonía española en la península, la influencia del castellano sobre la lengua italiana “ha sido mucho menor que la de siglos anteriores”[19].

Es razonable suponer que tampoco el colonialismo cultural de expresión anglo-americana colonial deba durar para toda la eternidad; y de hecho, algunos lingüistas ya predicen que a la actual fase de predominio anglófono, le seguirá una fase de decadencia[20].  Al estar vinculado a la hegemonía imperialista estadounidense, el predominio del inglés está destinado a sufrir en manera decisiva por la transición de la etapa unipolar a la multipolar, por lo que el escenario que la geopolítica de la lengua puede prefigurar razonablemente, es el de un mundo articulado según el multipolarismo de las áreas lingüísticas.

A diferencia del continente americano, que presenta una clara repartición entre el bloque norte anglófono y aquél hispanófono y lusófono de la parte central y sur del continente, Eurasia es el continente de la fragmentación lingüística.  Junto a los grandes espacios representados por Rusia, China o la India, relativamente homogéneos bajo el perfil lingüístico, tenemos un espacio europeo caracterizado por una situación de acentuado multilingüismo.

Por lo tanto, habría sido lógico que los fundadores de la Comunidad Económica Europea, si realmente querían rechazar una solución monolingüística, debieron adoptar como lenguas oficiales, entre aquéllas de los países miembros, las dos o tres más hablada en el área; tal vez escogiendo, en previsión de las sucesivas ampliaciones de la CEE, una terna de lenguas que representasen las tres principales familias europeas: la germánica, la románica y la eslava.  En su lugar, el artículo 1 del reglamento emitido en el 1958, indica cuatro lenguas (francés, italiano, alemán y holandés) como las “lenguas oficiales y lenguas de trabajo de las instituciones de la Comunidad”, con el resultado de que las “lenguas de trabajo” son ahora prácticamente tres: el francés, el alemán y… el inglés.

El fracaso de la Unión Europea impone el someter a una revisión radical al proyecto europeísta y refundar sobre nuevas bases el edificio político europeo.
La nueva clase política que será llamada para afrontar esta tarea histórica, no podrá evadir un problema fundamental como es el de la lengua.
Fuente                                   Claudio Mutti